sábado, 27 de diciembre de 2008

Vidas ajenas (La verdad de Pedro Almanegra)


Con el paso de los años, las heridas que el tiempo ha ido abriendo en nuestros corazones se cierran lenta pero firmemente, y tan sólo quedan cicatrices de lo que un día fue dolor y angustia, un mero recuerdo de nuestro pasado más oscuro, un pasado que en noches despejadas y frías nos atormenta desde el rincón más oculto de la historia. Esas cicatrices en realidad nunca sanan del todo, y el tiempo, una vez más, se encarga de recordárnoslo y ponernos en nuestro sitio. El tiempo es el mejor maestro... lástima que mate a todos sus alumnos.

Pedro Almanegra era un ser solitario, arisco y malhumorado, que vagaba de aquí a allá portando una mueca horrible en los labios, que apenas conseguían ocultar unos dientes rotos y negros como su pelo. El ancho sombrero de fieltro ocultaba su rostro de la gente, y cuando Pedro caminaba por las calles, los niños recogían las pelotas y acudían corriendo al cobijo de sus madres. Un eterno cigarrillo se posaba ladeado entre sus labios, desprendiendo un humo que anegaba el ambiente de un olor a tabaco del sur. Pedro me dijo un día que no se había buscado todo aquello, que el odio y temor que la gente sentía hacia él no los merecía, pero se sentía incapaz de hacer nada por evitarlo; Almanegra era un buen hombre, pero nadie sabía apreciarlo.

Es posible que la vida dé muchas vueltas, y que todo cambie en un solo instante; la vida te asigna (siempre, nunca falla) un papel que no has elegido. Tú eres el responsable de elegir si desechas o en cambio asumes ese rol, pero hagas lo que hagas, nunca traiciones a la vida.

Nunca sabes qué puede pasar...

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